Biodiversidad: entender la crisis para liderar el cambio

Resumen: 

El planeta atraviesa su sexta extinción masiva, y esta vez la causa es humana. América Latina, a pesar de ser una de las regiones más biodiversas del mundo, concentra algunas de las pérdidas más graves, pues décadas de presiones acumuladas han dejado una proporción alarmante de las especies en riesgo.

A través de este artículo, Latimpacto busca visibilizar las diferentes presiones ejercidas sobre los ecosistemas con ejemplos concretos. Estas también se conocen como motores de esta pérdida y degradación de la biodiversidad, e incluyen el cambio de uso del suelo, la sobreexplotación, las especies invasoras, la contaminación y el cambio climático, todos amplificados por fuerzas estructurales como el crecimiento poblacional y modelos económicos insostenibles.

Ahora bien, las consecuencias de la degradación de la naturaleza trascienden lo ecológico, ya que la biodiversidad sostiene buena parte de la economía global y es fuente esencial de la medicina moderna y el bienestar de múltiples poblaciones. Pero la misma crisis abre oportunidades, pues invertir en su protección genera retornos económicos concretos y reduce riesgos sistémicos de largo plazo.

Actuar frente a esta crisis exige conocer el territorio, mapear actores, generar conocimiento local y construir diálogos multiactor. Como ejemplo, buscamos demostrar cómo algunos de nuestros miembros lideran iniciativas en esta dirección, desde la protección de ecosistemas de agua dulce en Colombia hasta la bioeconomía amazónica y la pesca sostenible en México.

Introducción:

Estamos ante la sexta extinción masiva de la historia del planeta. Pero esta vez hay una diferencia fundamental: la causamos nosotros. Según la Lista Roja de la UICN, 48.600 especies se encuentran actualmente bajo amenaza de extinción a nivel global: 1 de cada 3 especies de árboles y 2 de cada 5 anfibios (UICN, s.f.) (UICN, 2023). 

Este panorama es especialmente alarmante para América Latina y el Caribe. A pesar de ser una de las regiones más biodiversas del planeta, cerca del 30% de las especies identificadas en la región se encuentran en algún grado de amenaza (UICN, s.f.), impulsadas principalmente por el desarrollo urbano no planificado, la agricultura y ganadería de pequeña escala, y las actividades extractivistas como la minería (UICN, s.f.). El dato más revelador lo aporta el informe Planeta Vivo, que documenta un declive del 95% en las poblaciones de especies analizadas en la región desde 1970 (WWF, 2024), una caída sin precedentes que refleja décadas de presión acumulada sobre los ecosistemas.

Aunque la naturaleza tiene un valor intrínseco que va más allá de cualquier cifra, múltiples organizaciones han buscado dimensionar lo que está en juego: más del 50% del PIB mundial depende directamente de la naturaleza (WEF, 2024), y cerca del 50% de las medicinas modernas se derivan de ella (OMS, 2025). Perder biodiversidad no es solo una tragedia ecológica, es un riesgo sistémico para la estabilidad económica y para la capacidad de la humanidad de cuidar su propia salud.

Sin embargo, la misma crisis abre una ventana de oportunidad. Se estima que abordar la degradación de la naturaleza podría generar oportunidades anuales de negocio de alrededor de 10 billones de dólares para 2030 (Business for Nature, s.f.). La protección de los pastos y praderas marinas del mundo podría evitar daños climáticos valorados en más de 200.000 millones de dólares, al impedir la emisión de 1.200 millones de toneladas de carbono (Conservación internacional, s.f.) (WWF, 2025). 

Por otra parte, los manglares, almacenan entre 3 y 4 veces más carbono por hectárea que los bosques tropicales, reteniendo más de 21 gigatoneladas de carbono a nivel global, el 87% de las cuales se encuentra en el suelo bajo sus raíces (WWF, s.f.). Su destrucción no es un problema local, sino global, ya que la deforestación de manglares contribuye al 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (WWF, s.f.). Estos datos demuestran que proteger la naturaleza no es solo un acto de conservación; es una estrategia de mitigación del cambio climático, de resiliencia comunitaria y de estabilidad económica a largo plazo.

Actuar hoy no es solo urgente desde una perspectiva ambiental; es estratégicamente relevante. La biodiversidad no es un tema sectorial ni periférico; es la base sobre la que descansa la economía, la salud y el bienestar humano. Quienes logren entender esa conexión y la integren en sus decisiones de inversión y estrategia tendrán no solo un mayor impacto, sino una posición más sólida frente a los riesgos que se avecinan.

¿Por qué se está degradando la biodiversidad?

La pérdida y degradación de la biodiversidad son impulsadas por motores directos e indirectos de cambio en la naturaleza (IPBES, s.f.). Entre los primeros destacan: 

  • Cambio de uso del suelo: es el motor más determinante a escala global. Abarca la transformación de coberturas naturales, los cambios en el manejo de ecosistemas y agro-ecosistemas, y la fragmentación de hábitats que resulta de la reconfiguración espacial de los paisajes (IPBES, s.f.). La deforestación en la Amazonia es su expresión más visible: 8.6 millones de hectáreas de bosque primario convertidas en áreas agrícolas, eliminando de raíz la infraestructura ecológica que sostiene incontables especies (WWF, 2025).
  • Sobreexplotación: ocurre cuando el uso, aprovechamiento o extracción de una especie o de un ecosistema supera su capacidad de recuperación (IPBES, s.f.). Este fenómeno se ve amplificado por el crecimiento poblacional y el aumento del consumo per cápita, e incluye desde el comercio legal e ilegal de fauna y flora hasta la caza furtiva y la pesca insostenible. Por ejemplo, las ranas de cristal, endémicas de los bosques neotropicales, ilustran cómo la presión extractiva puede llevar especies enteras al borde del colapso (UICN, s.f.).
  • Especies exóticas invasoras: la introducción de especies foráneas que logran dispersarse más allá de sus puntos de entrada fractura el equilibrio ecológico al competir con las especies nativas por recursos, depredándolas o transmitiéndoles enfermedades (IPBES, s.f.). El caso de los hipopótamos en Colombia, descendientes de los individuos introducidos por Pablo Escobar, es hoy un ejemplo paradigmático de cómo una especie exótica puede alterar de forma irreversible un ecosistema que no evolucionó para contenerla. En este caso, 4 individuos que fueron ingresados en los 80’s, se han reproducido hasta llegar a ser más de 180 individuos que no tienen depredadores naturales y que compiten por los recursos con especies nativas (Instituto Humboldt, 2023). Por esta razón, en el primer semestre de 2026 hubo un debate nacional en el que se incluyeron perspectivas ecológicas, académicas y económicas para analizar las estrategias más adecuadas para abordar este problema: la eutanasia o el traslado de 80 individuos (El País, 2026).  
  • Contaminación: la concentración de agentes contaminantes en el suelo, el agua y el aire afecta directamente la salud de los ecosistemas, reduciendo la viabilidad de las poblaciones y alterando los ciclos naturales que los sostienen (IPBES, s.f.). Un ejemplo de esto es la reproducción desmedida de sargazo en las costas del Caribe de México por el aumento de nutrientes en el océano, que este año podría superar la cifra récord de 522.000 toneladas por temporada (El País, 2026). Esta macro alga, aporta a la salud del océano cuando está en cantidades moderadas, pero con su sobre reproducción tiene efectos negativos como: sofocar corales y praderas marinas, limitar el movimiento y paso de especies marinas y perjudicar el turismo en las costas mediante la liberación de sulfuro de hidrógeno (National geographic, 2025).
  • Cambio climático: el incremento sostenido de la temperatura global y el aumento de gases de efecto invernadero están reconfigurando los patrones climáticos y ambientales a una velocidad que muchos ecosistemas no pueden seguir (IPBES, s.f.). Los arrecifes de coral son el termómetro más claro de este proceso; con un aumento de la temperatura global de 1.5°C, los arrecifes de coral podrían disminuir hasta en un 90% (IPCC, 2023).

Detrás de estos motores directos operan fuerzas más profundas y estructurales que condicionan la magnitud y la velocidad de la pérdida de biodiversidad. Los motores indirectos no alteran los ecosistemas de forma inmediata, pero configuran el contexto económico, social y político en el que ocurre la degradación (IPBES, s.f.). Entre los motores indirectos destacan el crecimiento poblacional y el consumo masivo, que amplifican todas las presiones directas sobre la naturaleza; la paradoja tecnológica, donde la transición energética, siendo necesaria, impulsa la extracción de minerales críticos y genera residuos electrónicos que degradan ecosistemas frágiles; y los marcos culturales y de gobernanza, cuyas regulaciones, incentivos y narrativas colectivas tienen una capacidad transformadora que no debe subestimarse (IPBES, s.f.).

¿Qué podemos hacer? 

Conocer el territorio antes de intervenir: entender qué ecosistemas, especies y presiones existen en los territorios de interés es el punto de partida de cualquier intervención efectiva. Sin ese diagnóstico, las inversiones pierden dirección y relevancia.

Mapear los actores: comunidades, gobiernos, empresas, academia y sociedad civil coexisten en cada territorio con intereses e impactos distintos sobre la naturaleza. Identificarlos y escucharlos es indispensable para construir intervenciones sostenibles y alianzas duraderas.

Invertir en conocimiento: la falta de información local es una de las principales barreras para la acción en biodiversidad. Generar datos sobre el estado de los ecosistemas y los riesgos proyectados es, en sí mismo, una forma de conservación.

Construir espacios de diálogo: la crisis de biodiversidad no admite soluciones unilaterales. Financiar mesas de trabajo que reúnan a múltiples actores permite construir agendas colectivas con mayor legitimidad y alcance.

Aprender de lo que ya funciona: Existen experiencias probadas de conservación en América Latina y el mundo, que ofrecen lecciones valiosas sobre qué enfoques funcionan, en qué contextos y bajo qué condiciones. Así, es importante invertir tiempo en aprender de estas experiencias, conectarse con las organizaciones que las lideran y explorar oportunidades de replicación o de colaboración.

Actuar con visión de largo plazo: la conservación de la biodiversidad es una inversión estratégica, no un gasto filantrópico aislado. Alinear las decisiones de inversión y sostenibilidad con marcos globales como Kunming-Montreal, que busca proteger el 30% del planeta para 2030, es hoy una de las apuestas más relevantes para cualquier organización comprometida con el impacto.

¿Qué están haciendo algunos de nuestros miembros?

  • Mi Páramo — Fundación Santo Domingo: Iniciativa multiactor orientada a proteger más de 2.000 hectáreas de bosque y páramo en Cundinamarca (Colombia), un territorio que abastece de agua a más del 70% de la población colombiana. Combina restauración con especies nativas, pagos por servicios ambientales y fortalecimiento comunitario.
  • Amazon BeEco – Conexsus, BID y Green Climate Fund: Iniciativa que busca impulsar la bioeconomía inclusiva en seis países pan-amazónicos: Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, Guyana y Suriname. Este proyecto busca movilizar financiamiento, conocimiento y conexiones para generar más y mejores oportunidades para las poblaciones locales y los emprendimientos en el Amazonas, quienes juegan un papel fundamental en la conservación de la biodiversidad. Esta iniciativa cuenta con otros aliados como IC Fundación, Amazon Conservation Team, NESsT y Fundación Aliados. El objetivo es movilizar $5 millones de dólares de financiación directa, fortalecer 100 bionegocios en los diferentes territorios y promover la integración entre distintas redes y asociaciones. 
  • Alianza Latinoamericana de Fondos de Agua — Fundación FEMSA, BID, The Nature Conservancy, Green Climate Fund y la Iniciativa Internacional de Protección del Clima (IKI): Presente en 10 países, en 2023 impactó positivamente 44.116 hectáreas y benefició a 16.271 familias. Su apuesta más reciente es una estrategia integral de reducción de huella hídrica en el sector agrícola de Guanajuato, México, que combinó tecnificación de riego, financiamiento mixto y agricultura de precisión.
  • Pesca sostenible – Walton Family Foundation: La fundación lleva más de veinte años trabajando en la gestión sostenible de pesquerías en México, apoyando cerca de 50 pesquerías, con un enfoque que combina fortalecimiento de capacidades locales (recolección de datos, almacenamiento en frío, gobernanza cooperativa) con acceso a mercados internacionales. Esta iniciativa surge bajo la premisa de que los pescadores artesanales pueden capturar menos y ganar más si operan con trazabilidad y prácticas sostenibles. Su apuesta más reciente es el Sustainable Fisheries Dealbook, la primera colección curada de oportunidades de inversión orientadas a construir pesquerías resilientes al clima y comunidades costeras en México.

Todas estas iniciativas nos permiten confirmar que la conservación de la biodiversidad no puede quedar solo en manos de gobiernos y organizaciones ambientales. El ecosistema de impacto, con su capacidad de movilizar capital, conocimiento y alianzas, tiene un rol único que jugar en este contexto. Hoy en día, desde Latimpacto buscamos abordar estos temas a través de proyectos concretos como InNature Lab, que cierra brechas y genera impacto duradero en el territorio; el Fondo Verde Catalítico, que promueve trazabilidad y capacidades instaladas en entidades de apoyo al emprendimiento; y el Programa de Educación para Inversionistas de la Pan Amazonía, que crea un lenguaje común entre comunidades y proveedores de capital.

Desde Latimpacto, continuaremos acompañando a nuestros miembros en este camino: documentando lo que funciona, conectando a quienes actúan en el territorio con quienes tienen los recursos para escalar, y construyendo una comunidad de práctica que ponga a la biodiversidad en el centro de la agenda de impacto en la región.

Lecturas adicionales: 


Bibliografía:

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