HomeRecursos-pruebaCompartiendo historiasInformalidad y falta de educación: dos tragedias pendientes

Informalidad y falta de educación: dos tragedias pendientes

Actualmente, hay 150 millones de personas en la región que trabajan en la informalidad y no cuentan con acceso a derechos laborales básicos como una jubilación, seguro de salud, licencia por maternidad, así como tampoco a un seguro de desempleo. La informalidad es un problema multicausal, de gran magnitud y, al mismo tiempo, altamente heterogéneo, por lo que la transición hacia la economía formal supone un gran desafío.

En Latinoamérica, las actividades no registradas son una fuente importante de empleo para millones de personas. Según los últimos datos de la Organización Internacional del Trabajo, 9 de 14 países analizados superaron el 50% de informalidad durante el 2019. Entre los países con gran tamaño de la economía informal se encuentran Bolivia (85%), Guatemala (80%), El Salvador (70%) y Paraguay (69%).

Esta gran tragedia que padece nuestra región se ha exponenciado durante el COVID-19. La irrupción de la pandemia no solo ha acelerado el devenir tecnológico en todos los ámbitos de nuestra vida, si no que ha profundizado las desigualdades ya existentes.

Por esta razón resulta urgente que pongamos el debate del empleo de calidad en la agenda de políticas públicas de América Latina. Un tema que ha sido poco debatido, con casi nula evidencia al respecto, y que en algunas discusiones parece no existir. Abundan las investigaciones y publicaciones sobre cómo la tecnología está impactando en las nuevas profesiones, sobre cómo la pandemia está transformando sectores enteros incorporando una modalidad de trabajo más híbrida, remota y flexible, que ya existía en la mayoría de los países desarrollados. Pero existe muy poco debate sobre el trabajo de hoy, sobre la realidad de tantos latinoamericanos sin un empleo de calidad y donde la tecnología, lejos de traer una oportunidad, agrava su situación.

Muchas veces la informalidad se encuentra asociada a la falta de formación, si bien la educación no es garantía de acceso a un empleo formal, es una condición fundamental. El desarrollo de habilidades y capacidades son factores esenciales para la transición a la economía formal, ya que mejoran las competencias y, por consiguiente, la empleabilidad de las personas.

Hasta la aparición de la pandemia, en América Latina la tasa de egreso en el nivel secundario se situaba aproximadamente en un 60%, es decir que de cada 100 niños que ingresaban a primer grado, 40 no se graduaron del secundario. La combinación de bajos niveles de escolarización en algunos países, , con una oferta de formación limitada, da como resultado que una amplia porción de la población solo pueda acceder

a trabajos de bajos niveles de calificación y con mayores posibilidades de automatización.

Pero este hecho no solo afecta a los trabajos a los que puede acceder un estudiante y sus posibilidades de crecer profesionalmente, sino también a la productividad de un país y, por decantación, a su desarrollo económico. En esto se enfoca mi reciente libro Sin trabajo: el empleo en América Latina entre la pobreza, la educación, el cambio tecnológico y la pandemia” donde, desde una mirada centrada en la educación, busco reflexionar sobre la sociedad que viene y las oportunidades que debemos generar para esa mitad de latinoamericanos que hoy carecen de trabajos formales y de calidad.

Hablar de educación debe ser sinónimo de hablar de trabajo. Si la educación no contribuye a esta dimensión que dignifica a las personas, es apenas una ilusión. Muchas veces parece políticamente incorrecto decir que en la escuela se prepara a los alumnos para el mundo del trabajo. Pero, la escuela, además de enseñar valores, ciudadanía, socialización, debe generar las capacidades y habilidades para el empleo.

Desde la educación, generalmente no consideramos al empleo como educador. Y tampoco pareciera verlo así los analistas y expertos del sector. Hablamos de que las capacidades cognitivas y no cognitivas se adquieren en instituciones educativas, en escuelas, universidades, academias, centros de formación profesional, pero poca mención solemos hacer de que también se adquieren trabajando. En el empleo, cualquiera sea, aprendemos mucho. Aprendemos sobre ese trabajo en sí mismo, y también sobre cómo desempeñarnos y relacionarnos con otras personas, de cómo obtener logros, de evaluar y ser evaluados, de persuadir y ser persuadidos. El empleo es un gran generador de educación, y en muchos casos lo hace mejor que instituciones dedicadas a la formación.

Es por esto que creo que frente a este desafío que es la informalidad, todos los actores deben cumplir un rol. El Estado debe asegurar las condiciones para que el sector privado, el mayor generador de empleo, pueda hacerlo, y por supuesto, la educación es la clave para que esto suceda.

Gabriel Sánchez Zinny,

exministro de educación de la provincia de Buenos Aires y director en Blue Star Strategies, Washington D.C.

Generemos impacto juntos

Conoce a nuestros miembros

Ponte en contacto con nosotros

¿Aún no eres parte de Latimpacto?

Suscríbete a nuestro newsletter

Recibe noticias, recursos y publicaciones

© 2024 Latimpacto. Todos los derechos reservados